La Poética de la República

14 de abril, fecha de esperanza que acabó en el golpe militar más trágico que trajo como consecuencia el triunfo de una intolerancia que aún sufrimos. A pesar de ello, toda historia tiene su relato y su poética. Allá vamos. 

Por lvar Matusevich Follow adrianboullosa on Twitter Ivar Matusevich

Editor-Jefe web PSOE Provincial de Cáceres

«Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera».

Pablo Neruda

Desde la misma palabra, desde que cada idea y su relato se componen conjuntamente a través de una específica forma de expresar el mundo que nos rodea, estamos, conscientemente o no, entramando los tejidos de una poética, de una forma de contar «lo objetivo» que sucede, como todo aquello que se recrea en nuestros filtros subjetivos para rehacerse en formas expresivas. En resumen, la poética y su narración implican lo que es y cómo lo vemos: objeto y apariencia, idea y carga estética, tal y como Sergei Eisenstein la entendía, es decir, como armazón ideológico de cualquier revestimiento artístico.

El 14 de abril es una fecha marcada por la proclamación popular de la Segunda República. El devenir histórico planteado, a bote pronto, nos recuerda, desde el arte, la pintura, la poesía, la arquitectura, etcétera, que una larga y profunda corriente creativa, debía acabar en una transformación social compleja, profunda e imparable, aunque de todos los calificativos, el que más se acerca es el de indeleble.

Las revoluciones, si las entendemos en sentido estricto, es decir como un cambio estructural de la sociedad, vienen promovidas desde diversos elementos cofluctuantes pero que cierran su proceso en la subversión de las conciencias.

En este sentido, las fuerzas transformadoras desde el arte que, entre muchos otros encarnaban en España, Picasso, Lorca, Buñuel, Alberti, Falla, convivían con cada uno de los tormentosos procesos creativos que, dentro de un marco revolucionario de vanguardia, de “matar al padre”, de superar las viejas formas y de cambiar para siempre la relación entre sujeto y expresión, encontraron, cómo no podía ser de otra forma, su vil respuesta en la reacción totalitaria: Brecht, Lorca, Levi, fueron asesinados por Hitler, Franco y Mussolini… pero su legado, de allí la importancia vital de la memoria y el conocimiento, les sobrevivirá por siempre.

Federico García Lorca: el asesinato de un genio, la tumba desconocida

El cambio, el progreso, las nuevas formas de entender el mundo y de expresarlo, se comprenden perfectamente cuando Federico García Lorca escribió: «Andamos / sobre un espejo, / sin azogue, / sobre un cristal / sin nubes. / Si los lirios nacieran / al revés, / si las rosas nacieran / al revés, / si todas las raíces / miraran las estrellas, / y el muerto no cerrara / sus ojos, / seríamos como cisnes.» (Tierra, Poemas Sueltos, Obras Completas, Aguilar, 1960).

Ver las raíces hacia “las estrellas” es la unión entre creación, espíritu y profunda necesidad de cambio para ser, una vez tolerado, esa nueva sensación de amor puro que se encarna en la figura del cisne.

Toda revolución persigue empezar de nuevo, la génesis de la pureza, el nacimiento, la no muerte. Conceptos que implican permanente cambio porque recordemos que cuando una revolución social se detiene, se convierte en conservadora.

Federico García Lorca no llegó a conocer lo que no fue, ni a dejar abiertos sus ojos, porque el odio, la reacción y lo retrógrado, acabó con su vida de forma intempestiva, asesinado. Sigue siendo, paradójicamente, una de las mayores causas de orgullo y vergüenza de las Españas: orgullo por su obra y paradigma, y por su vil asesinato con apenas 36 años. La derecha totalitaria había matado al, quizás, máximo exponente de la poesía española. Cosas del silencio.

Rafael Alberti: la agonía de la lucha eterna

«Las tierras, las tierras, las tierras de España, / las grandes, las solas, desiertas llanuras. / Galopa, caballo cuatralbo, / Jinete del pueblo, / Al sol y a la luna. / ¡A galopar, / A galopar, /Hasta enterrarlos en el mar! / A corazón suenan, resuenan, resuenan / Las tierras de España, /  en las herraduras. / Galopa, jinete del pueblo, / Caballo cuatralbo, / Caballo de espuma. / ¡A galopar, / A galopar, / Hasta enterrarlos en el mar! / Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay / nadie; que es nadie la muerte si va en tu montura. / Galopa, caballo cuatralbo, / Jinete del pueblo, / Que la tierra es tuya. / ¡A galopar, / A galopar, / Hasta enterrarlos en el mar!»

Este poema del exiliado Rafael Alberti (Galope, Capital de Gloria, 1936-1938, Obra Completa, Aguilar, 1988), popularizado de forma maravillosa por Paco Ibañez, se ausenta del drama de la derrota y del sufrimiento,  y los supera para dar un canto de resistencia, movimiento y esperanza. La lucha contra el enemigo que sojuzga al pueblo debe ser permanente, así lo entiende el poeta, amalgamada con un sentimiento de justicia, igualdad y resistencia. En la España de dos colores no había más matices y «lo continuo», previo a la derrota del pueblo, debía ser el común denominador de un país silenciado, pero no rendido.

Lo que no fue, ¿será?

Este sentimiento duró, a pesar de las décadas infames del nacional-catolicismo, años y años –habría que preguntarse hoy acerca de su vigencia-. La sensación de las dos Españas fue dando paso a otro tipo de contradicciones, quizás nacidas en la misma falta de resolución pasada. No sabemos qué habría sido de este país y sus riquezas bajo una sistema de gobierno republicano, laico y profundamente social, según la tendencia ideológica del Frente Popular contra quien se alzó el golpe militar del 36’. No lo sabemos, pero lo sospechamos y, por tanto, en nombre del progreso social, reivindicamos viejos postulados como el laicismo, la tolerancia, la justicia social y la igualdad entre los seres humanos. Como veis no todo hemos logrado y allí radica la grandeza de nuestro ideario.

Lo único que sí podemos aseverar es que en el horizonte de aquellos años se percibía la idea y la realidad del cambio, de darle voz a los olvidados, de llenar las calles de energía para que España, la de todos, fuera lo que aún seguimos soñando que sea: un crisol de convivencia, en donde reine la justicia, en donde los débiles dejen de serlo y en donde podamos educar a nuestros hijos en libertad, sin ataduras ni brujerías, sin clericalismos reaccionarios ni muerte por pensar distinto.

La República fue un sistema de gobierno al que no dejaron crecer ni consolidarse a fuerza de sangre, muerte y regresión. Por tanto, es una cuenta pendiente de nuestra historia. La poética del desencanto, la actual, no debe restringir nuestra fe en el futuro. Tenemos una cuenta pendiente con la historia.

 

Te puede interesar

Eduardo Béjar: «La política como solución»

Eduardo Béjar: «La política como solución»

Joaquín Araújo en su último libro “Los árboles te enseñarán a ver el bosque” nos deleita con profundas reflexiones sobre la Natura, sobre cómo cuidar los bosques para que nos atalanten, para que nos den vida, un libro lleno de sentido, de poesía, de esperanza, pero...