Pablo Iglesias: «Las venas abiertas de Pepe Mujica»

Pablo Iglesias es Adjunto a la Secretaría de Organización del PSOE de la provincia de Cáceres.

 

Para los que nos formamos políticamente en el movimiento estudiantil salmantino, allá por los años finales de la primera década del siglo XXI, Pepe Mujica pronto pasó a representar uno de esos mitos vivientes que formaban parte del espacio político de lo que algunos dimos interpretar como las segundas independencias de América Latina. 

Durante aquellos años, América Latina vivió una consolidación política del socialismo como fenómeno de masas. Fue lo que se denominó como el giro latinoamericano a la izquierda. El inicio de ese movimiento sin lugar a dudas se produjo con la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela en 1998, unos años después, en 2003, vendrían a consolidar este proceso los triunfos del Partido de los Trabajadores de Lula en Brasil y la llegada a la Casa Rosada de Néstor Kirchner (Argentina). Estos triunfos fueron seguidos por Evo Morales en Bolivia (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007) y el Frente Amplio del propio Mujica en 2010. 

Este llamado “giro a la izquierda” supuso un punto de inflexión trascendental en la  historia triste de América Latina. Un rincón del mundo que había vivido la última década del siglo XX sumido entre la espada de la austeridad impuesta por el Fondo Monetario Internacional y la pared del saqueo de sus recursos por parte de los grandes capitales trasnacionales que hacían caja entre los diferentes estados fallidos.Durante aquellos años, América Latina vivió una consolidación política del socialismo como fenómeno de masas. Fue lo que se denominó como el giro latinoamericano a la izquierda.

El inicio de ese movimiento sin lugar a dudas se produjo con la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela en 1998, unos años después, en 2003, vendrían a consolidar este proceso los triunfos del Partido de los Trabajadores de Lula en Brasil y la llegada a la Casa Rosada de Néstor Kirchner (Argentina). Estos triunfos fueron seguidos por Evo Morales en Bolivia (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007) y el Frente Amplio del propio Mujica en 2010. 

El último de aquella pléyade de figuras que sentarían las bases del resurgir de una izquierda latinoamericana que traspasaba la vía revolucionaria armada para consolidarse como fenómeno electoral fue José “Pepe” Mujica. Aquellos fueron años en los que el mensaje que llegaba de América Latina, un mensaje que gritaba alto y claro que eran posibles nuevas políticas centradas en la redistribución de la riqueza, en la recuperación del papel del Estado, la integración regional y la ampliación de derechos sociales, retumbaba con fuerza en una Europa golpeada por la crisis y que se encaminaba hacia el austericidio criminal que los hombres de negro imponían desde Bruselas. 

Este ciclo político en América Latina, aunque muy diverso en estilos y resultados, compartía un diagnóstico común. El modelo económico heredado era insostenible para las mayorías sociales y aquel mensaje resonaba como un canto de cisne entre los jóvenes militantes de la izquierda europea que veíamos cómo los recortes y el drama social se imponía con paso firme y una escasa contestación política. A partir de narrativas soberanistas y de carácter popular, los gobiernos de la izquierda latinoamericana buscaban revertir siglos de dependencia, exclusión y desigualdad estructural. 

En Historia Contemporánea de América Latina, obra de referencia para los que estudiábamos la historia reciente del continente y que guardo con sumo cariño en mi biblioteca, el historiador argentino Tulio Halperin Donghi al que considerábamos una suerte de Hobsbawm del Cono Sur,  ya dejaba claro que América Latina había sido escenario de modernizaciones que siembre habían sido truncadas bien por factores endógenos, bien por factores exógenos. Aquella ola progresista venía a representar un intento profundo poner fin a esa situación y construir una modernidad con rostro propio en una América Latina que había estado subyugada demasiados años a los intereses de las élites, primero virreinales, después criollas y posteriormente internacionales.

El guerrillero tupamaro convertido a presidente, Pepe Mujica que pasó catorce años en prisión por su lucha violenta contra la dictadura uruguaya, se transformó en un testimonio viviente de la coherencia entre palabra y acción. Por este motivo, para la izquierda internacional, el viejo líder tupamaro pasó a convertirse en un símbolo poco común. Desde su chacra, cultivando sus flores o yendo al parlamento en su vieja Vespa, Mujica enseñaba al mundo y en concreto al movimiento obrero, que la dignidad que no se vende. Con el tiempo confirmaría además que se puede ostentar el poder sin corromperse. 

Los que militábamos en la lógica radicalidad estudiantil, espoleados además por la crisis de 2008 y la reforma universitaria del Espacio Europeo de Educación Superior, recibíamos de América Latina un mensaje que nos enloquecía frente a lo que considerábamos un excesivo institucionalismo de la izquierda europea. Veíamos con profunda envidia sana como, mientras la socialdemocracia temblaba en Europa, aquellos liderazgos al otro lado del Atlántico, contribuían a devolver a millones de latinoamericanos la confianza en la política como herramienta de transformación y justicia social. Se trataba de devolver el pan a la mesa y para nosotros aquello era música celestial. 

En aquel contexto, figuras como la de Pepe Mujica no sólo venían a gobernar, sino que simbolizaban una ética distinta del poder que había dominado la América Latina de finales del siglo XX. Habían conseguido convertirse en una nueva generación de disidentes que tomaban el relevo de los procesos revolucionarios de la Guerra Fría, sustituyendo el fusil por el voto, pero enraizando profundamente con una historia de resistencia del continente a la que no renunciaban, que hacían propia y ensalzaban. 

En un mundo dominado por la política de palabras huecas, traje y corbata y discursos extremadamente calculados y dominados por estrategias de comunicación, aquellos liderazgos, entre los que se incluía la figura de José Mujica eran vistos en Europa como una completa anomalía, algo muy lejano. Pero lo que algunos veían como una extravagancia, pronto destacó por su autenticidad. El guerrillero tupamaro convertido a presidente, Pepe Mujica que pasó catorce años en prisión por su lucha violenta contra la dictadura uruguaya, se transformó en un testimonio viviente de la coherencia entre palabra y acción. Por este motivo, para la izquierda internacional, el viejo líder tupamaro pasó a convertirse en un símbolo poco común. Desde su chacra, cultivando sus flores o yendo al parlamento en su vieja Vespa, Mujica enseñaba al mundo y en concreto al movimiento obrero, que la dignidad que no se vende. Con el tiempo confirmaría además que se puede ostentar el poder sin corromperse. 

Cuando en 1971, Eduardo Galeano publicó su pasional visión del continente en Las venas abiertas de América Latina, Mujica era joven militante tupamaro. Hoy, con su fallecimiento aún reciente, ha pasado representar en el imaginario colectivo de la izquierda mundial algo más que una figura política. Su muerte le ha convertido de manera definitiva en la encarnación de la historia de resistencia del continente que Galeano inmortalizó en su obra cumbre.

Cuando en 1971, Eduardo Galeano publicó su pasional visión del continente en Las venas abiertas de América Latina, Mujica era joven militante tupamaro. Hoy, con su fallecimiento aún reciente, ha pasado representar en el imaginario colectivo de la izquierda mundial algo más que una figura política. Su muerte le ha convertido de manera definitiva en la encarnación de la historia de resistencia del continente que Galeano inmortalizó en su obra cumbre. Mujica, con sus periodos de privaciones en la cárcel, con su compromiso militante y su tardío acceso al gobierno mediante el refrendo del pueblo uruguayo, caminó con las mismas heridas abiertas que reflejó Galeano en su obra, heridas que hoy por hoy siguen atravesando el continente más desigual del mundo. Sus palabras, por el contrario, sus mensajes y enseñanzas, qué correrán los próximos días como la pólvora por las redes sociales, han conseguido representar, en igual medida, la esperanza que reflejó el también fallecido autor uruguayo. Si hubiera que resumir el mensaje que nos dejaron ambos yoruguas en dos palabras, podrían ser: insurrección y decencia. 

Mujica respondió al saqueo que denunciaba Galeano con una rebeldía profundamente ética. Su forma de hacer política interpeló no solo a la derecha, sino también a una izquierda nacional e internacional a veces, casi siempre y en especial la compuesta por los partidos de gobierno, demasiado tentada por la burocratización y el elitismo. Mujica nos recordó que jamás debíamos perder la conexión con nuestra gente, con la tierra, con la vida sencilla. Y eso no deja de ser algo profundamente subversivo y revolucionario en los tiempos que corren porque el sistema capitalista depredador que nos domina, siempre va a intentar demostrarnos que no es posible transformarlo. Francis Fukuyama escribió a modo de dogma que había llegado el fin de la historia, Mujica luchó incesantemente por decirle a la humanidad que era necesario rebatir ese mensaje. Que otro mundo era posible.

En un momento en el que las izquierdas a menudo parecen atrapadas y polarizadas entre la gestión tecnocrática por un lado y la nostalgia revolucionaria por otro, Pepe Mujica nos enseñó que existe una tercera vía y no precisamente la de Giddens. La vía del humanismo político, la de la honestidad y la política a pie de calle. En tiempos de crisis civilizatoria y el fantasma del colapso rondando cada día más cerca, su mensaje de decrecimiento, sobriedad, esperanza y militancia constante, pese a ser incómodo para el poder y en ocasiones para nosotros mismos es, sin lugar a dudas, profundamente necesario. 

Hasta siempre Pepe.

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