Raúl Vázquez Sánchez es Delegado Territorial del PSOE de la provincia de Cáceres en Campo Arañuelo.
En el Imperio Romano, la ciudadanía era mucho más que un trámite legal: era un compromiso moral y político. Roma entendió que el ciudadano no nacía, se hacía. Que pertenecer a una comunidad no dependía solo del lugar de nacimiento, sino de la adhesión a un proyecto común. Por eso, hombres y mujeres de tierras lejanas podían alcanzar la ciudadanía romana como reconocimiento de su integración y su contribución al bien colectivo. Roma fue precursora de una idea de ciudadanía universal, vinculada a la civitas más que a la sangre o al linaje. También muchos extremeños de entonces fueron reconocidos como ciudadanos romanos. Aristóteles definía al ciudadano como “aquel que participa en el poder deliberativo y judicial de la polis”, es decir, quien asume su papel en la construcción de lo común. Siglos después, Rousseau recordaría que “el verdadero patriota no es el que ama su país por costumbre, sino quien ama la justicia que su país debería representar”.
El azar del nacimiento no legitima el desprecio. Ser ciudadano no es gritar patria, sino practicarla cada día con respeto, justicia y memoria.
Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos concediendo ciudadanía a quienes llegan buscando refugio frente a guerras, hambrunas o exilios. Pero conviene preguntarse: ¿qué ocurre con quienes, habiendo nacido aquí, niegan los valores fundamentales de esa ciudadanía? ¿Podemos llamar ciudadano a quien desprecia la Constitución que garantiza nuestras libertades? ¿A quien pisotea los derechos humanos que nos igualan? ¿A quien se cree superior por haber nacido dentro de unos márgenes en el mapa? La filósofa Hannah Arendt advirtió que el mayor peligro para una sociedad no proviene del extranjero, sino del ciudadano que renuncia a pensar y se deja arrastrar por el prejuicio. Ese es el germen del racismo, del machismo, de la xenofobia o de la homofobia. Martha Nussbaum, por su parte, defiende una ciudadanía cosmopolita, donde el respeto a la dignidad humana esté por encima de las fronteras y las identidades excluyentes. Sin embargo, asistimos con preocupación a la normalización de discursos que niegan esa idea de ciudadanía. Partidos de carácter supremacista, que se nutren del miedo y del resentimiento, condicionan gobiernos y presupuestos, como ocurre en Extremadura, paralizando el progreso regional y provocando decisiones tan irresponsables como el adelanto electoral. Es el triunfo del caos y la confrontación sobre la serenidad y el consenso. No sorprende que algunos de sus líderes se permitan insultar públicamente desde espacios culturales como el Gran Teatro de Cáceres.
La paradoja democrática es clara: quienes niegan la democracia se benefician de ella; quienes desprecian el Estado de Derecho lo usan para debilitarlo desde dentro. Son, en el fondo, “extranjeros de la humanidad”, porque no reconocen el valor de la convivencia ni el principio de igualdad que sustenta cualquier sociedad civilizada. La historia nos advierte, desde la República de Weimar hasta los golpes de Hitler o Franco, que la indiferencia ante la intolerancia es el primer paso hacia su victoria. La democracia no puede ser neutral ante quienes la utilizan como instrumento de su propia destrucción. Como escribió Karl Loewenstein, “la democracia debe aprender a defenderse de sus enemigos con las armas de la razón, pero también con la firmeza del derecho”.
La paradoja democrática es clara: quienes niegan la democracia se benefician de ella; quienes desprecian el Estado de Derecho lo usan para debilitarlo desde dentro.
La ciudadanía no se hereda ni se imprime en un papel, se demuestra con los actos. Ser ciudadano es respetar, convivir, construir comunidad; es ejercer la libertad sin pisar la del otro; es comprometerse con el bien común y rechazar toda forma de odio o supremacía. Ortega y Gasset lo expresó con precisión: “la nación no es algo dado, sino una tarea por hacer cada día”. Y esa tarea se renueva cada vez que elegimos la empatía frente al desprecio, el diálogo frente al dogma, la igualdad frente al privilegio. Frente a quienes confunden ciudadanía con nacionalismo excluyente o con una bandera convertida en arma, debemos reivindicar una ciudadanía moral, cívica e integradora. Porque quien desprecia al diferente, quien niega la humanidad del otro, en realidad abdica de su propia ciudadanía.
Dice la canción de Sanguijuelas del Guadiana: “suerte la tuya de poder vivi´onde naces”, esa suerte no confiere superioridad alguna. El azar del nacimiento no legitima el desprecio. La verdadera ciudadanía no se mide por el suelo que se pisa, sino por la altura moral con la que se camina sobre él. Quizás ahí esté el corazón del debate, en la contradicción entre la exaltación nacionalista y la negación práctica de la ciudadanía. Resulta paradójico que quienes más gritan “patria” sean, con frecuencia, quienes menos la honran. Porque la patria no se mide en banderas, sino en la dignidad con la que se trata a quienes la habitan.
Hoy vemos cómo partidos tan distintos en apariencia como VOX o Alianza Catalana coinciden en una peligrosa exaltación del yo frente al nosotros. Desde sus extremos, comparten una visión excluyente donde el valor de una persona se mide por su origen, su lengua o su ideología.
Hoy vemos cómo partidos tan distintos en apariencia como VOX o Alianza Catalana coinciden en una peligrosa exaltación del yo frente al nosotros. Desde sus extremos, comparten una visión excluyente donde el valor de una persona se mide por su origen, su lengua o su ideología. Mientras unos reclaman pureza nacional y uniformidad cultural, otros reivindican privilegios de territorio o de clase. En medio de esas trincheras ideológicas quedan regiones como Extremadura, utilizada como moneda de cambio entre los señoritos de un lado y los oligarcas del otro. No es la primera vez que ocurre. Durante el franquismo, los poderosos de Madrid y Cataluña tejieron un mismo hilo de intereses: un modelo económico basado en la desigualdad. Hoy, la señora Guardiola se ha prestado a repetir ese patrón, con dos años perdidos y proyectos abandonados, desde la Gigafactoría de Campo Arañuelo hasta la transición de la Central Nuclear de Almaraz, y muchos otros ligados al Sector del Tabaco y la Agroindustria. Miles de extremeños tuvieron que emigrar para levantar los proyectos industriales de otros territorios, convertidos en mano de obra barata, sin derechos ni reconocimiento, sin patria que los defendiera.
El futuro de España y de Extremadura no puede construirse sobre la arrogancia ni el rencor, sino sobre la memoria, la justicia y la convivencia. Tal vez haya llegado el momento de recordar que el patriotismo no consiste en creerse superior, sino en esforzarse para que nadie se sienta inferior, porque patria y ciudadanía no son palabras que se gritan, sino valores que se practican, y solo quien respeta al igual, honra verdaderamente la tierra que pisa.














