Miedo o rechazo hacia las personas pobres.
Una abogada cacereña, Eva González Pérez d 47 años, nacida en San Martín de Trevejo, se ha convertido hace unos días en una mujer conocida y reconocida en toda Europa por pelear el concepto de justicia, en la lucha por los derechos humanos, hasta conseguir derrocar a todo un Gobierno como el holandés por al menos haber consentido, no sé si incluso amparado, o facilitado, unas prácticas totalmente discriminatorias en las ayudas otorgadas a personas inmigrantes.
Eva representa todo un ejemplo de la lucha por la dignidad de las personas, independientemente de su origen, raza, nacionalidad, en entornos hostiles, como en el que puede convertirse un país para una persona extranjera. Es la nueva versión de David contra Goliat, donde en esta modalidad actualizada de este siglo XXI, el pequeño es una mujer valiente también de origen extranjero en el país de la batalla, y el grandullón un gobierno con escasa sensibilidad social, que cae, con lo difícil que es que un gobierno caiga, léase dimita.
La historia personal de la cacereña Eva, es la de pertenecer a una familia, que, como tantas otras familias de nuestra provincia y nuestra región, tuvieron la necesidad de emigrar buscando trabajo y mejores condiciones de vida, que las que le ofrecía en los años 70 nuestra tierra. Primero, como también ocurrió con muchos emigrantes extremeños, se marchó hacia Holanda su padre, y un tiempo después su madre y ella misma con apenas dos años de edad.
Una emigrante cacereña, que ha sabido mantener en su vida personal, el legado de sus raíces y de su pertenencia a un colectivo de personas que han sufrido en carne propia, los rigores de saber buscarse la vida en condiciones difíciles en país extranjero, a diferencia de otros emigrantes, y en general de otras personas de historias difíciles, que cuando la vida les coloca en situaciones de mayor confort, olvidan rápidamente sus orígenes, incluso reniegan de ellos o se convierten en embajadores de la supremacía de los afortunados sobre los que siguen viviendo en riesgo de exclusión social. Ejemplos hay aquí en nuestro país, con extremeños que viajaron a otras regiones o países, tanto de los que se fueron y nunca olvidaron de dónde vienen, y se sienten orgullosos de ello, como de aquellos que quieren borrar su pasado a costa de discriminar en su presente.
Pero estoy convencido que la historia personal de Eva ha contribuido de manera decisiva a la hora de no perder en ningún momento la esperanza de buscar un rayo de dignidad, de justicia en su lucha judicial contra un sistema de protección social, que en lugar de proteger se acostumbró a despellejar discriminando hasta la ruina al pobre que cumplía unas características singulares.
Eva no tiró la toalla y durante varios años, vio como el sistema de concesión de ayudas a familias para la atención de sus hijos menores, solicitaba la devolución de cantidades económicas a familias que supuestamente habían defraudado cuando solicitaron dichas ayudas y les fueron concedidas, con lo cual debían devolverlas tiempo después. Nada más y nada menos que a unas 26.000 familias fueron las que se beneficiaron de dichas ayudas y decenas de miles de ellas se vieron obligadas a devolver en un tiempo récord cantidades, con carácter retroactivo, que podían llegar en algunos casos hasta los 100.000 euros, basadas en infundadas e inventadas acusaciones de fraude, que llevaron a muchas de ellas a la más absoluta de las ruinas perdiendo, viviendas, trabajos, ahorros. Y todo ello con un pequeño, pero trascendental detalle, las familias eran extranjeras, mayoritariamente turcas y marroquíes.
Junto a la denegación de las ayudas, los funcionarios apuntaban en sus resoluciones la nacionalidad de la familia a la que solicitaban la devolución de las ayudas, todo un claro ejemplo de un sistema ilegal, injusto y discriminatorio.
No existe un temor, un rechazo, un odio al extranjero, existe una discriminación clara y en aumento al que además de ser extranjero es pobre. Es la APOROFOBIA, que está acampando a sus anchas por todos los rincones de nuestra próspera Europa, incluido nuestro país. Al turista extranjero, lo recibimos con los brazos abiertos, y cuando no viene le echamos de menos, al deportista de élite extranjero lo convertimos en nuestro héroe, cuando no en mito, incluso le perdonamos si comete algún desliz como lo de defraudar algunos cuantos millones de euros, el pobre, mientras llene estadios. Pero al extranjero pobre, al refugiado sin recursos, los machamos en los altares de la lapidación pública, incluso como en Holanda nos inventamos y difundimos a través de todos los medios posibles, no solo que nos vienen a quitar nuestro trabajo, si no que reciben más ayudas que los propios españoles, o que las reciben sin tener derecho a ello, ¿les suena la cantinela?
Desgraciadamente la aparición de fuerzas políticas que basan su discurso en el odio al extranjero pobre ha venido a crear un caldo de cultivo, en momentos además difíciles como los que estamos atravesando con la crisis de la Covid19 y su crisis económica aparejada. Y lo peor de todo, hay una parte de la población que compra ese discurso, y no es precisamente solo la población poderosa de nuestro país, de nuestro continente. Son también los trabajadores de clase media o incluso baja, que prefieren ver al enemigo en el extranjero pobre que huye de su país, en lugar de en quienes recortan sus propios derechos o les impiden avanzar en libertades.
Ahora que Trump va a desaparecer del escenario político norteamericano, para bien de la humanidad, hay muchos “trumpistas”, en nuestro país, y en nuestros pueblos y ciudades, dispuestos a lanzar ese mensaje falso de nosotros primeros, o ese otro de si tanto los quieres llévatelos a tu casa, como si por pedir mejor sistema sanitario, deberíamos llevarnos los enfermos a nuestra casa, o por si pedir mejores sistemas educativos deberíamos llevarnos a los alumnos a nuestros salones domiciliarios.
Desde cada uno de nuestros pueblos y ciudades, desde cada una de las 230 entidades locales de nuestra provincia debemos dar ejemplo de que nuestros valores y principios van a situar a la igualdad de oportunidades en el epicentro de nuestra actividad política y humana. La convivencia con las familias pobres de nuestras comunidades sea nacida en nuestro pueblo o en cualquier rincón del planeta debe de ser un principio irrenunciable. No avanzaremos en una sociedad democrática, que merezca ese título, si discriminamos de manera intolerante a quienes peores condiciones de vida están teniendo, si basamos nuestro discurso y nuestra actuación en atacar al débil, para afianzar un sistema de supremacía del que se cree rico (lo sea o no lo sea) frente al pobre. Desde el Partido socialista obrero español, aquí en nuestra provincia cacereña, tan acostumbrada a haber sufrido en primera persona, el fenómeno de la emigración, y de seguir viendo como nuestros pueblos pierden habitantes, no podemos pisar jamás la dignidad de quien llega a nuestra tierra a ganarse de manera licita un pedazo de vida digna.













