Joaquín Cuello Martínez-Pereda: «Jumilla o el abandono del liberalismo político»

Joaquín Cuello Martínez-Pereda es Secretario de Memoria Democrática, Migraciones y Cooperación Internacional del PSOE de la provincia de Cáceres.

«Ya que usted ha tenido a bien preguntarme cuáles son mis pensamientos sobre la tolerancia mutua de los cristianos de diferentes confesiones religiosas, debo contestarle, con toda franqueza, que estimo que la tolerancia es la característica principal de la verdadera Iglesia…»

Así comienza la ‘Carta sobre la tolerancia’ de John Locke, uno de los principales exponentes del contractualismo británico y, en cierto sentido, uno de los padres del liberalismo político cuya primera y más genuina reivindicación fue la libertad religiosa.

No hay nada más importante para un creyente que aquello que asegura la salvación de su alma

De las muchas conclusiones que se pueden extraer de semejante clásico de la filosofía moderna, puede destacarse la necesidad de amparar cualquier manifestación de culto, siempre y cuando no atente contra la libertad de terceros, ya que no hace falta ser especialmente empático para entender que no hay nada más importante para un creyente que aquello que asegura la salvación de su alma, razón por la que, en cierto sentido, no hay nada más democrático que salvaguardar, siempre que no se conculquen otros derechos y libertades, el desarrollo de toda actividad que permita la consecución de ese fin.

Esta idea ha sido recientemente defendida incluso por la Conferencia Episcopal, que podrá granjearse o no la simpatía de un mayor o menor número de ciudadanos con sus intervenciones, pero no suele dar ‘puntá sin hilo’, lo que explicaría su firme apoyo a la posibilidad del culto público islámico, puesto que, de lo contrario, estaría legitimando la prohibición de cualquier manifestación religiosa, empezando por la católica.

Sin embargo, y pese a su aplastante lógica, por otro lado, lo acontecido en Jumilla ilustra la claudicación del Partido Popular, que abandona así, como puede observarse, los principios fundamentales del liberalismo político que en ocasiones anteriores, al menos de forma retórica, ha sabido enarbolar.

Ante semejante claudicación, conviene no perder de vista y concluir con otra de las muchas citas que pueden traerse a colación del citado clásico: «No es la diversidad de opiniones, sino la negativa a tolerar a aquellos que son de opinión diferente la que ha producido todos los conflictos y guerras que ha habido en el mundo cristiano a causa de la religión», aunque muchos se empeñen, por puro populismo, en ignorarlo.

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