Pablo Iglesias: «Raíz, territorio y organización: repensar el PSOE desde la militancia»

29 Dic, 2025

Pablo Iglesias es Alcalde de Hernán Pérez y miembro de la CEP y de la Comisión Gestora del PSOE de Extremadura.

La política del siglo XXI se ha ido deslizando, con demasiada frecuencia, hacia el terreno de la estética y del marketing, como si la disputa política se resolviera principalmente en términos de imagen. La fuerte politización y polarización en la que vivimos, amplificada sin lugar a dudas por las redes sociales no ha hecho sino acrecentar este problema. Sin embargo, bajo esa superficie sigue operando una realidad que se antoja ineludible: la política es, en esencia, una relación de fuerzas. Para un partido como el PSOE, esa relación de fuerzas sólo puede construirse en el territorio, en la organización y en la conciencia colectiva de un proyecto transformador. Durante demasiado tiempo hemos hablado del PSOE como si fuera únicamente una estructura institucional o una maquinaria electoral, olvidando que su razón de ser es organizar políticamente a la mayoría social.

Conviene recordar, además, que esta vocación organizativa no ha sido siempre idéntica. El PSOE no nació como un partido de masas en el sentido contemporáneo del término. Fundado en 1879, el Partido Socialista Obrero Español fue concebido originalmente como un partido de clase, estrechamente vinculado al movimiento obrero y al sindicalismo, con una militancia hasta cierto punto limitada, disciplinada y altamente politizada. Su objetivo principal no era aún articular grandes mayorías electorales, sino organizar conciencia, resistencia y representación política de la clase trabajadora en el sistema, profundamente desigual, operante a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

Durante sus primeras décadas, el PSOE fue un partido muy minoritario, más preocupado por la formación política y la organización social que por la conquista inmediata del poder institucional. Sin embargo, a medida que el socialismo fue arraigando en el territorio (principalmente a través de la consolidación de la red de casas del pueblo, agrupaciones locales y las redes sindicales de la UGT) el partido comenzó a ampliar su base social. La organización dejó de esta forma, de manera progresiva, de ser únicamente un instrumento de resistencia para convertirse en una herramienta política y social con un marco de intervención más amplio.

Este proceso se acelera de manera clara durante la Segunda República, cuando el PSOE da un salto cualitativo decisivo. Sin abandonar su identidad de clase, empieza a actuar como organizador político de sectores sociales a los que se incorporan campesinos, empleados públicos y amplias capas populares urbanas. Es en ese momento cuando el partido comienza a ejercer de forma consciente una función de masas, articulando demandas colectivas y disputando la hegemonía política.

Tras la dictadura franquista, esta evolución se consolida definitivamente. Durante la Transición y las primeras décadas de la democracia, el PSOE se convierte plenamente en un partido de masas moderno: con una militancia numerosa, una implantación territorial capilar y una presencia constante en la vida social y política, especialmente en comunidades como Extremadura.

Esta transformación no supuso una renuncia a sus raíces, sino una ampliación de su horizonte fundacional. En este sentido, el PSOE fue fuerte cuando supo combinar su identidad, con una organización fuerte (sólo hay que escuchar a los veteranos hablando de los años 70 y 80) y una clara vocación mayoritaria. De esta forma, cuando actuó como partido de masas moderno, que se arraigó en el territorio, con una amplia base militante y presencia constante en el territorio, fue capaz de transformar la realidad ofreciendo la expansión de amplios derechos sociales y económicos.

De esta forma, si analizamos con detenimiento este escenario, podremos sacar algunas conclusiones claras que nos permitan pensar en formas de actuar muy necesarias para nuestra actualidad electoral. Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que el PSOE solo ha sido verdaderamente transformador cuando entendió que sin organización social no había posiblidad de una mayoría duradera. Por otro lado, es bueno decir que sin una militancia consciente de rol y potencial, no hay partido de masas posible.

LLegados a este punto, a modo de reflexión, considero que si el PSOE de Extremadura quiere volver a ser una herramienta útil para la gente trabajadora, si considera oportuno tratar de recuperar la centralidad política y una amplia capacidad de transformación, tiene que volver a su base material: la militancia organizada, pero no como un recurso auxiliar ni como una fuerza sólo movilizada en campaña, sino como sujeto político activo, con capacidad de análisis, de intervención y de dirección en sus ámbitos de la vida diaria.

De la militancia

Pese al fuerte liderazgo representado por figuras como Juan Carlos Rodríguez Ibarra o Guillermo Fernández Vara, la historia del socialismo en Extremadura no debe entenderse como la historia de grandes discursos o de líderazgos carismáticos. Sería más conveniente afrontarla como la historia de decenas de miles de militantes hasta cierto punto anónimos que, durante décadas, han sostenido el partido como se sostiene una casa, es decir, con trabajo cotidiano, a menudo sin reconocimiento y sin garantías de éxito inmediato. Esta es la historia de los miles de concejales/as y militantes que día a día han ido aportando su tiempo y trabajo para que el proyecto socialista gozase la capilaridad necesaria para implantarse en la sociedad extremeña.

La militancia socialista fue de esta forma, expresión de un trabajo político organizado. Trabajo en los pueblos, en los barrios, en las asociaciones, en las empresas y en la vida social. Esos militantes explicaban las políticas que se llevaban a cabo en momentos en los que no existían redes sociales, escuchaban las demandas vecinales, ejecutaban políticas públicas y construían en buena medida el proyecto político socialista.

Desde hace unos años, sin embargo, ese trabajo político parece que ha sido progresivamente desvalorizado, digo esto porque tengo la sensación de que se ha sustituido el papel militante en la organización por la simple comunicación vertical. En un contexto en el que la tecnología ha ido disolviendo la necesidad de la socialización política en ambientes físicos (asambleas, debates o reuniones en las casas del pueblo allí donde las hay), el militante ha pasado de ser sujeto político activo a un recurso. De esta forma, puede entenderse que ha dejado en parte de ser parte activa del proyecto, para convertirse en una suerte de base de apoyo electoral.

Esta forma de afrontar la militancia ha generado una cierta desafección, cansancio, sentimiento de abandono y una fuerte desconexión entre partido y la realidad social. ¿Quién es responsable de esto? Parecería que no vamos desencaminados si centramos el foco el propio partido, que ha renunciado a organizar políticamente a sus militantes.

De la organización

Ninguna fuerza política pierde influencia de golpe, al menos ninguna fuerza política con estructura (obviemos casos como los de Ciudadanos en este análisis). La fuerza política se pierde cuando se deja de estar presente de manera organizada en la vida cotidiana de la gente. Y eso es, en buena medida, lo que le ha ocurrido al PSOE en Extremadura a lo largo de distintos procesos electorales. La erosión del voto no puede explicarse solo por factores coyunturales o por cambios de liderazgo, sino por una pérdida progresiva de presencia política real en los espacios donde se producen los conflictos materiales: el trabajo, la vivienda, los servicios públicos, el campo o una juventud obligada, demasiado a menudo, a marcharse. A medida que el partido fue reduciendo su capacidad de organización cotidiana y de intermediación social, el apoyo electoral se ha ido debilitando, primero de forma gradual y después más acelerada. Cuando un partido deja de estar organizado en la vida diaria de su base social, termina dejando de ser percibido como herramienta útil, y esa desconexión acaba expresándose en las urnas.

La derecha y la extrema derecha han entendido algo fundamental: la política es lucha por la hegemonía en lo cotidiano. Han sabido ocupar el vacío organizativo con discursos simples, identitarios y reaccionarios, canalizando el malestar social contra objetivos falsos y desviando el conflicto lejos de sus causas materiales. El PSOE no puede responder a eso solo con mejores argumentos o más presencia mediática. Necesita reconstruir la organización, porque solo la organización, con una militancia formada y activa, permite disputar el sentido común, desmontar mentiras y generar confianza.

Del vacío estructural

Uno de los problemas más profundos que atraviesa hoy el PSOE es la desarticulación progresiva de su estructura de cuadros, y en ese proceso la generalización de las primarias ha tenido un impacto que merece ser analizado sin dogmatismos. Concebidas como un instrumento de democratización interna, las primarias han acabado funcionando en muchos casos como un mecanismo de personalización extrema de la política, desplazando el eje del partido desde la organización colectiva hacia la competición individual. En lugar de fortalecer cuadros intermedios y liderazgos territoriales sólidos, han incentivado dinámicas plebiscitarias, campañas internas cortoplacistas y una dependencia creciente de la dirección una vez superado el proceso. El militante deja de esta forma de ser parte de una estructura política permanente para convertirse, durante breves periodos, en mero elector interno. Este modelo, que sin duda puede haber generado cuestiones positivas, también ha debilitado la construcción paciente de cuadros con autoridad política propia, ha erosionado los espacios de deliberación colectiva y ha reforzado estructuras cada vez más verticales, donde el poder se concentra arriba mientras la base se activa solo de forma episódica.

Considero que un cuadro político no puede ser sólo un cargo institucional, tampoco un portavoz ocasional. Debe ser un militante con formación, arraigo y autoridad social. Alguien capaz de leer la realidad, de organizar a otros, de sostener conflicto político sin la necesidad de una tutela permanente por parte de la organización.

Cuando un partido como el PSOE no forma cuadros, pasan dos cosas. La primera es que pierde autonomía frente a los aparatos mediáticos y económicos. La segunda es que se vuelve dependiente de liderazgos frágiles y coyunturales. Dicho de otra forma: sin cuadros formados no hay partido, sino que podemos hablar de un funcionamiento más asociado a lo meramente administrativo (gestión pública en ayuntamientos, diputaciones o Junta por espacios de tiempo más o menos largos). Si nos limitamos a administrar, renunciando a la capacidad y necesidad intrínseca para un partido de masas moderno organizar a la mayoría social, entramos en una espiral que nos encamina de manera progresiva a la irrelevancia política.

De como volver a la calle

Se repite a menudo, sobretodo en momentos de crisis, que hay que “volver a la calle”. Pero volver a la calle sin una estructura organizativa clara es solo desgaste para la propia organización. La política no se desarrolla en marcos espontáneos, responde a una dirección consciente de los diferentes conflictos sociales en los que vivimos de manera permanente: el desempleo, la pobreza, la falta de vivienda o la escasez de servicios públicos.

Es en la calle donde se expresa el choque entre quienes viven de su trabajo y quienes concentran poder económico y mediático. Para estar ahí hace falta militancia con objetivos claros, con discurso compartido y con respaldo organizativo. Militantes que no actúen solos ni a ciegas, sino como parte de una estrategia común. En este sentido es bueno decir que la militancia no necesita sólo arengas, necesita formación, coordinación y un horizonte político claro. Necesita en este sentido saber para qué lucha y con quién. Y eso solo lo puede proporcionar un partido que asuma que organizar es una tarea central y no algo secundario que se abandona en momentos de bonanza (cuando se gobierna) y se recupera cuando se pasa a la oposición. Debe ser por el contrario, algo que ocupe buena parte del presupuesto de la organización y que ofrezca al militante herramientas que hagan atractiva su propia permanencia en el seno del partido.

De como reconstruir un sistema de cuadros de base e intermedios

Si queremos un PSOE capaz de disputar poder real en Extremadura, vamos necesitar reconstruir conscientemente un sistema de cuadros políticos, adaptado a nuestra realidad territorial y social. Adaptados al siglo XXI. Los cuadros de base deben ser militantes insertos en su entorno, con capacidad para detectar conflictos, articular demandas y mantener una presencia constante. Son quienes convierten los problemas dispersos en parte de un relato colectivo, también los que son capaces de tener claro cómo convertir los intereses individuales en parte de una conciencia común.

En cuanto a los cuadros intermedios, son imprescindibles para articular el territorio y Extremadura es principalmente eso, territorio. Pero no deben ser simples intermediarios burocráticos, deben comportarse como organizadores políticos. Es decir, deben ser personas capaces de coordinar, de formar a los militantes de base, y de sostener el discurso de la organización, elevando las necesidades del conflicto desde lo local a lo general. Por otro lado, su legitimidad no debe venir del cargo, sino del trabajo político real, de una especie de reconocimiento social y, por supuesto, militante.

Nada de esto es posible sin una apuesta decidida por la formación política y no me refiero con esto sólo a una formación técnica o comunicativa (por desgracia prácticamente lo único que se ofrece) sino a una formación en la que el humanismo juegue un papel fundamental que permita comprender la realidad. No hay poder político sin esto, sólo vaivenes electorales que frenan en seco el proyecto, con cada derrota electoral. La llegada de la derecha desarbola a menudo cuestiones que han tardado años en costruirse, la privatización acelerada de la sanidad extremeña durante los últimos años del gobierno del PP es un ejemplo claro de ello. Se tardará años en recuperar lo perdido.

De la relación material entre Partido y militancia

La relación entre el PSOE y militancia no puede basarse en una constante apelación moral, tampoco en una lealtad acrítica (algo que además no tiene ningún tipo de sentido en formaciones políticas de corte socialista). Tiene que basarse en una relación material basada en la participación real, la generación de capacidades de decisión y un alto reconocimiento político de su labor como sostén de la organización.

Si el partido no confía en su militancia termina sustituyéndola por aparatos externos. Como ejemplo claro está la constante del uso de consultoras, encuestadoras, gabinetes o consejeros foráneos. Cuando eso ocurre con demasiada frecuencia y no en momentos puntuales, el partido deja de representar a la mayoría social y pasa a ser una especie de empresa que gestiona la realidad con una visión exógena, es decir, desde fuera.

En un contexto de auge de la extrema-derecha, la militancia organizada es el principal antídoto contra la despolitización que alimenta al monstruo. Una vacuna contra el avance reaccionario y contra la resignación a la que las circunstancias van sometiendo a la población. Es la militancia la que sostiene el proyecto cuando no hay poder institucional y quien lo defiende cuando el poder está en disputa.

Este debe ser el principio de una reconstrucción

Este texto no pretende cerrar un debate, sino transmitir algunas ideas que considero necesarias para reabrir un proceso que se antoja más necesario que nunca después del 21 D. Reconstruir el PSOE de Extremadura no puede pasar por ser una operación de imagen, tampoco una reforma superficial. Debe entenderse más bien como una tarea política muy profunda que nos exige volver a poner en el centro la organización, a la militancia y un proyecto que vuelva a generar conciencia colectiva.

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